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http://media.eresmas.com/biblioteca/img/america_iberica/akasico/rose_revista.jpgEl Exorcismo de Emily Rose, un caso real “La persona poseída manifestará su estado de anormalidad con cambios y contorsiones de la fisonomía, relajamientos o rigideces del cuerpo; ante la invitación de realizar cualquier acto de piedad o de devoción, reaccionará de manera más o menos turbulenta con una hiperexcitación de los miembros, amenazas, gritos espantosos, actitudes provocativas, blasfemas y sacrílegas…”. Corrado Balducci, La posesión diabólica Estrenada el pasado 9 de septiembre en EEUU, El exorcismo de Emily Rose –dirigida por Scout Derrickson– se había concebido como un filme de modestas pretensiones comerciales pero que, pese a las cautas expectativas de sus productores, ha pulverizado las taquillas logrando el top one de los títulos más vistos. Probablemente su éxito se justifique más por la manida coletilla de “basada en hechos reales” que acompaña como subtítulo las escalofriantes imágenes que integran el trailer, que por los supuestos fenómenos de “poltergeist” que, según declaraciones en prensa, presenciaron algunos actores durante el rodaje. Televisores y equipos de radio que se encendían solos mientras sombras misteriosas se vislumbraban durante los ensayos de algunas escenas, probablemente puedan explicarse como consecuencia de la sugestión de los mismos tras visionar, aleccionados por su director, horas y horas de documentales sobre exorcismos auténticos. Como la historia protagonizada por Regan Macneil –supuestamente inspirada en la posesión de un adolescente de Mount Rainier en la década de los cuarenta– El exorcismo de Emily Rose narra los detalles de un suceso que conmocionó a la opinión pública alemana y que, a diferencia de la novela de Blatty, está mejor documentada a través del nombre de su verdadera protagonista: Anneliese Michele, una joven de veinticuatro años. Bautizado por la prensa de la época como “caso Klingenberg” –ciudad de Baviera en la que se produjeron los hechos–, este luctuoso episodio significó la primera investigación judicial iniciada como consecuencia de la muerte de una joven en el curso de una serie de exorcismos. Tras el dramático desenlace, acaecido el 1 de julio de 1976, la Fiscalía sentó en el banquillo a los dos pastores exorcistas, Arnold Renz y Ernst Alt –identificados en el film con el personaje del padre Moore–, inculpados por un delito de homicidio al dejar morir a la joven por inanición. A diferencia de otros lamentables sucesos en los que una parafernalia pseudo exorcista ha arropado la inducción de un homicidio –en España alcanzarían triste notoriedad los casos Albayzin y Almansa a comienzos de la década de los noventa–, en la versión cinematográfica del caso Emily Rose es un sacerdote católico, cuya autoridad para desempeñar su labor como exorcista es concedida por la jerarquía eclesiástica, quien deberá enfrentarse a la imputación de un crimen. En contraste con El Exorcista, donde únicamente se expone una interpretación de los hechos basada en la superstición –recuérdese que son los propios médicos quienes recomiendan llevar a cabo dicho ritual–, El exorcismo de Emily Rose traslada el eterno enfrentamiento entre religión y ciencia a los tribunales. Una abogada agnóstica, interesada en la defensa del caso para conseguir un reconocimiento de su bufete, será la encargada de defender al fracasado sacerdote en su lucha contra el poder de las tinieblas. Frente al inquietante informe elaborado por un anciano padre jesuita concluyendo que la joven está poseída por el demonio, tal y como ella asegura a sus padres, se sitúan los peritajes forenses y evaluaciones médicas que diagnostican un síndrome epiléptico. Finalmente, y considerando todas estas pruebas, en abril de 1978 el tribunal de justicia alemán terminará dictando una sentencia, desconcertante para unos e indiscutiblemente razonable para otros… ¿Fue el espíritu de Emily Rose poseído por el demonio? Posesiones en el siglo XXI ¿Supersticiones de tiempos pasados? ¿Psicosis pasajeras asociadas a modas cinematográficas? Nos guste o no, lo cierto es que los datos estadísticos están ahí y demuestran precisamente todo lo contrario: los casos de pretendidas posesiones diabólicas están en notable aumento. En Francia, por ejemplo, y hasta los años ochenta, la demanda de exorcismos era prácticamente anecdótica. En todo un año de la década de los sesenta, una diócesis como la de Autun no atendía más de media docena de casos de personas que decían estar poseídas por el demonio. En 1977 existían solamente 17 sacerdotes exorcistas en todo el país, más que suficiente para atender la epidémica psicosis de posesiones diabólicas generada tras el éxito de taquilla obtenido por El Exorcista cuatro años antes. A comienzos de los noventa, una diócesis francesa recibía, en un mes, casi una veintena de solicitudes de exorcismo. Actualmente, en el año 2005, son un centenar los religiosos cualificados para desempeñar esta función y una diócesis como la de Perpignan atiende, cada mes, a más de veinte personas que sienten bajo su epidermis las garras del mismísimo demonio arañando en su alma. ¿Qué está ocurriendo para que tantas personas estén convencidas de arrastrar los mismos síntomas que la pequeña protagonista de la novela de William P. Blatty? Para el padre Denis Broussat, tal vez uno de los mejores exorcistas en el país galo, probablemente la proliferación de obsesiones demoníacas esté relacionada con el auge del satanismo a través de la música e internet. A su sacristía acuden decenas de personas que, manifestando diversos síntomas, creen estar poseídas por algún tipo de entidad demoníaca: “Hay quien me dice que tiene la sensación de estar atrapado en una tela de araña o sentirse como una especie de pelota atada a una raqueta y que, cuanto más se mueve, más atrapado se encuentra. Son casos habituales de obsesión”. La mayoría –un 75%– suelen ser amas de casa entre cuarenta y cincuenta y cinco años; mientras que la edad media de los hombres –que solamente representan un 25% de los “obsesionados” por el demonio– oscila en torno a los cuarenta. Probablemente estas cifras debieran invitarnos a reflexionar sobre la situación que, aún hoy, soportan muchas mujeres que se enfrentan a difíciles circunstancias sociales y personales: matrimonios desestabilizados, dificultades laborales, escaso reconocimiento de la labor de las amas de casa, malos tratos, etc… Obviamente, y como él mismo aclara, únicamente un pequeño porcentaje inferior al 1% de las personas que acuden a él solicitando un exorcismo reúnen los síntomas que se describen en una auténtica posesión demoníaca: generación de olores extraños en el ambiente –osmogénesis–, hablar lenguas no conocidas –xenoglosia–, exhibir una fuerza hercúlea –sansonismo–, movimiento de objetos a distancia y perturbaciones de objetos eléctricos –telequinesis–… además de la característica aversión a todo lo sagrado y la “incapacidad para manifestar obras de caridad”. Solamente para este ínfimo porcentaje de casos se reserva el ritual del exorcismo, cuya liturgia se remonta al año 1614 y se recoge en el Rituale Romanum bajo el epígrafe De exorcizandis obsessis a daemonio, actualizado en una revisión llevada a cabo en 1994 por Juan Pablo II. |